Dr. Leon Cohen M.

El presente blog tiene el propósito de aportar artículos, comentarios y otras noticias relacionadas con la interacción del psicoanálisis con la cultura en lo general, y en lo particular con el intento de comprender algunas cosas.

Sunday, October 23, 2005

EL DOLOR DE EDIPO


EL DOLOR DE EDIPO
Han pasado miles de años y aún resuenan en los espacios públicos y privados las palabras de Tiresias, el ciego que todo lo ve : “ digo, pues, que tú ignoras el abominable contubernio en que vives con los seres que te son más queridos; y no te das cuenta del oprobio en que estás”. Se dirige a Edipo, el protagonista de una escena eterna y esencial y, sin embargo, anidada en la carne de todo ser humano hijo de una madre y de un padre. En efecto, la clave de la tragedia es la ignorancia, no saber lo que ocurre, no ver las señales que el ciego logra ver. En verdad es algo sorprendente pues se trata de una situación de la que se habla en todo el planeta. En millones de pantallas de televisión se espían los “abominables contubernios” entre secretarias y jefes, en miles de restoráns se cuchichea del “oprobio” en que vive la ignorante amiga producto del engaño de su amante esposo y del que todos sabían, entre tanto por años y en miles de cines millones se conmueven ante lo que el viento se llevó, mientras que por este otro lado se acumulan los rincones en los que se sigue con morbosidad el amor paternal que domina a las reinas de belleza y otros ven con sorpresa como un hombre puede entregar su vida a la realización del sueño del padre muerto y entre tanto postergar la de su propia vida, la construcción de su propio hogar y el tener sus propios hijos, mientras lejos, hacia el norte, hasta un príncipe, lleno de posibilidades, solo logra encontrar el amor en un cuerpo donde reina la experiencia de los años aunque eso le cueste su propio reino. ¿Qué significa esta compulsión planetaria?. ¿Qué es esta situación que marca la vida de hombres y mujeres, que las determina y parece organizarlas en un orden imparable?. ¿Que hay en todo esto como para convertirse en el motivo más protagónico y reiterativo de historias, novelas, guiones y conversaciones en la historia de la humanidad ?. La enorme potencia que impulsa esos diferentes destinos habla de hechos mentales milenarios y basados en lo más originario del desarrollo humano, de partida, que somos, hasta hoy, hijos de una madre y de un padre, y de la relación humana entre ellos. En este tema hablamos, en general, de una situación edípica como un modo de señalar en la tragedia griega una forma terrible de acontecer una de las presentaciones de estos destinos. Pero ciertamente que hay otras. Es que se trata en verdad de la dolorosa historia de los procesos de individuación del ser humano. En efecto, estas tragedias tienen orígenes más antiguos y primitivos que el mero conflicto entre tres individuos por el amor. Su antecedente básico es el dolor y la frustración que sobrevienen cuando lo que era uno se transforma en dos.
Esto ocurre al inicio de nuestra vida pública, cuando nos golpea el dolor al atravesar nuestra piel la violencia del cambio de temperatura y el latigazo de la luz, cuando sobreviene la pérdida del sostén líquido que nos abraza en la matriz, cuando se corta la continuidad sanguínea y, entonces, un cuerpo se transforma en dos. En ese momento la armónica y coordinada satisfacción de las necesidades y la protección de la envoltura del cuerpo de la madre se pierden dando paso a la irrupción de las latencias y de las intensidades del ambiente. Esta es una de nuestras primeras grandes frustraciones, pero también una de nuestras primeras motivaciones. El malestar del hambre, de la sed, del frío, etc. moverán nuestros recursos a la comunicación ya que lo aprendido por nuestras células en la evolución es que luego de nuestro llamado algo deberá ocurrir que nos alivie. De esta manera es la suficiente sensación de carencia, de necesidad, de frustración y de rabia la que pone en marcha y permite el desarrollo de uno de los más sorprendentes logros evolutivos : el pensar. Y así es, ya que pensar es siempre y en definitiva un proceso que en su origen parte motivado por la necesidad, y que busca lo que alivie el malestar de la carencia. Por otro lado la persistencia en el paraíso, en el eterno estado de satisfacción y amparo sería, paradojalmente, raíz de una existencia fútil, de una mente con un “aparato para pensar” marchito por falta de uso. Es así que para poder pensar, lo que es “uno” debe transformarse en “dos”.
En efecto somos individuos luego del parto, pero en nuestra mente construimos una relación tan estrecha con todo lo que percibimos de nuestra madre que parece reproducirse en la memoria nuestra simbiosis perdida. En este estado de cosas todo lo que represente a esa madre en la mente del niño de meses, sean olores, ruidos, colores, temperaturas, etc. es la substancia de lo que podemos entender como ideal, como lo bueno y lo bello en sí, como el trasfondo último de lo que llamamos enamoramiento. Pero el paso de las semanas en esta época conlleva una veloz maduración biológica y con ésta los inicios de nuestra paradoja : el niño comienza a percibir mejor su ambiente y a tener un registro más amplio, más complejo y variado de los objetos y de las personas que tiene cerca. Y este saber le traerá dolor. El paulatino dolor de concebir que la misma fuente de placer y alivio a veces puede ser fuente de malestar, que así como a veces puede satisfacer con prontitud su necesidad, en ocasiones se tarda, y que la misma voz suave que lo adormece puede alzarse amenazante, y sobretodo que la presencia que parecía con obviedad absoluta pertenecerle a él, a veces no está presente o está cerca de otros, como es el caso del padre. Es pues un gran dolor la inauguración mental de un hecho esencial del mundo humano : su ambivalencia. En efecto, el mejor conocer del bebé desarrolla su memoria, su mente y diversifica su pensar, pero el saber que conlleva lo coloca en el primer desengaño, en el centro de las primeras y básicas decepciones. Para la mente tolerar la furia desencadenada por estas frustraciones originarias es fundamental. Caso contrario puede quedar expuesta al intento de defenderse radicalmente del saber, es decir, a optar por la locura.
Vemos aquí, como es lo usual, que la mujer y el hombre se enamoran por igual y por primera vez de una mujer, imagen que imprimen en lo profundo de sus mentes desde que nacen y que nunca más podrán borrar. Para la mujer será un desafío gigantesco poder movilizar ese profundo amor y cercanía desde una mujer hacia un hombre, es decir, enfrentar los dolores de la ambivalencia y reconocer en la madre también una rival. Por ello la mujer necesita una potente y precoz diferenciación para así lograr ser una mujer diferente, lograr tener su propia sexualidad y sus propios hijos. Pero en esa intensa y cercana intimidad que vemos entre las mujeres en todos los rincones se aprecia que esa ligazón originaria jamás la ha podido sustituir por completo un hombre, a pesar de las exigencias de las propias mujeres. La mujer tiene en su propia mujer amada a la rival. Lleva esto en su mente, lo vive y lo teme en la cotidianeidad, lo refleja en el temor hacia la amiga separada, hacia una hermana, en el celo hacia la compañera de trabajo. Es tan potente esto que no es de extrañar las armas antiquísimas que componen toda una estética y una cultura y hasta una economía destinadas a la sorda y encarnizada lucha de las mujeres, en primer lugar entre sí y luego por un hombre. El hombre en cambio parece tener la facilidad de continuar en su propósito de amar a las mujeres desde que nace. Pero tiene el riesgo de la confusión entre necesidad y deseo que se aprecia en todo el planeta. Para ello el hombre disocia. Entonces hay mujeres-madre que los hombres necesitan y encierran en las casas. No pueden desearlas pues temen ser tragados por ellas como el niño que quiere libertad. Por otro lado la mujer sexual es pública, libre y del mundo, es objeto de deseo y da placer, pero expone al dolor del engaño y el abandono, entonces la libertad da miedo y el niño vuelve al cuerpo de la madre. Esto muestra la enorme angustia que acompaña al deseo del niño de salir de su mundo, de su pieza, y explorar territorios ajenos como el del padre. Claro, se siente con pleno derecho pues son varios los años en que la madre ha mostrado su extraordinaria cercanía con él y no entiende porqué, en la noche, ésta debe interrumpirse. Ciertamente que ama también al padre pero no como para resignar un derecho que la costumbre parece entregarle. Entonces ese gigante, el padre, le cierra el camino, y ante ese hecho físico queda impotente, en verdad, así, sumido en el terror de que si insistiera con todas las armas podría ser destruido o mutilado. Entonces si no puede con él se une a él y piensa que si mejor se afana en ser como el padre podría llegar a tener ese espacio privado y allí alguien como la madre. Entonces, conmovido por el terror descrito tratará de olvidar, de disolver, de sepultar, de reprimir esa fantasía, ese deseo, todo aquello que se había formado en su mente tras años de maduración, cercanía, enamoramiento. Este enorme esfuerzo se trasladará a un afán esencial : desarrollar una identidad de hombre. Una y otra vez, en cada pensamiento o acción en que el dos se transforme en tres volverá a dar una nueva vuelta de tuerca por estos deseos, dolores y esfuerzos de olvido movido por un solo proyecto : lograr ser un hombre y tener su propio hogar.

APORTANDO A LA COMPRENSION DESDE EL PSICOANALISIS



INTRODUCCION
El presente blog tiene el propósito de aportar artículos, comentarios y otras noticias relacionadas con la interacción del psicoanálisis con la cultura en lo general, y en lo particular con el intento de comprender algunas cosas, intento, por lo demás, que solo a veces logramos emprender en la cotidianeidad. Este propósito está sustentado, en primer lugar, en el aporte que la propia experiencia psicoanalítica ha significado en mi vida, tanto en lo práctico ( análisis personal) como en lo intelectual. Este aspecto, aunque privado, es fundamental para darle autenticidad a este propósito.

LA CURA POR LA PALABRA. ALGUNOS PILARES DEL METODO PSICOANALITICO.
Hace un poco más de un siglo el neurólogo Dr. Sigmund Freud y el médico internista Dr. Joseph Breuer conversaban respecto al cuadro clínico de la paciente Anna O. El Dr. Breuer la había comenzado a tratar unos años antes por una histeria. La había escuchado atentamente, día tras día, dejando de lado la idea de que se trataría de una mujer con el cerebro enfermo. Al hablar, Anna O. se aliviaba y habían síntomas que se reducían. Entonces Anna comenzó a llamar su conversación con Breuer como una “cura por la palabra”. En el ánimo de profundizar la cura Breuer decidió someterla a hipnosis. Vió con asombro como la paciente recordaba situaciones que en la vigilia conciente le eran desconocidas y como esto generaba la desaparición de síntomas asociados con lo confesado. ¿Cómo era esto posible?. Luego de la conversación Freud quedó intrigado. Es probable que no sospechara en ese momento adonde lo iba a llevar este interés. Entre ambos comenzaron a reflexionar sobre el tema. La paciente había vivido ciertas experiencias dolorosas que le habían sido intolerables y tuvo que sacárselas de la mente. Pero no se trataba de un simple olvido. Era un esfuerzo mental para evitar el intenso dolor o la angustia abrumadora. La paciente reprimía, pero quedaba enferma. Al parecer esas experiencias seguían perturbándola desde algún “lugar” en que continuaban activas como un pasado presente y efectivo aunque escondido y expresándose a través de los síntomas, fuera del conocimiento conciente de Anna O., más “allá” o más “adentro” de ella. ¿Era posible tal dimensión?. Mencionada innumerables veces por poetas y magos resultaba peligroso postularla como una hipótesis de trabajo en un cuadro médico. Entonces había que investigar, estudiar y aplicar el método científico.
Como resultado de varios años de trabajo plantearon una teoría psicológica de la histeria y un incipiente método de tratamiento. La mente, abrumada por el dolor o la angustia, reprime, es decir, saca de la conciencia (desatiende) lo traumático. Sin embargo estas experiencias, registradas en la memoria como imagen y como emoción, siguen activas escondidas de la conciencia, pero expresándose indirectamente a través de síntomas, muchos de ellos corporales. La duración de los síntomas significaba que la represión era un esfuerzo mental persistente y por ello los síntomas también lo eran. Se dieron cuenta que el esfuerzo represivo consistía en evitar que la persona pensara en algo que podría perturbarla enormemente. Por ello el camino debía consistir en ayudar al paciente a hablar y a asociar, lenta y cautelosamente, a la manera de un detective o un paleontólogo, en busca de las raíces ocultas de los síntomas. Había que actuar con cautela pues el desocultamiento de la raíz traería salud pero antes el desnudamiento del dolor. Por ello había que acompañar con prudencia, respeto y empatía. De esta manera la persona volvería a ser capaz de pensar en lo que no podía pensar, y a restituir a su mente una parte que por dolor mantenía disociada. Breuer y Freud construían así los pilares del psicoanálisis. Una teoría del inconciente, una teoría psicológica de la histeria, un método psicológico de tratamiento y luego la proposición de un modelo de la mente en que los conceptos de memoria, yo, pensar y el carácter conciente e inconciente de los procesos psíquicos eran los centrales. En “La Interpretación de los Sueños”, texto clave de 1899, Freud, ya que Breuer había vuelto a su trabajo meramente médico, expone que también los sueños son productos de procesos inconcientes motivados por deseos infantiles, por lo cual tendrían significado emocional, el que igualmente podría investigarse e interpretarse.
La aventura psicológica de Freud estaba lanzada. En las siguientes tres décadas del siglo investigaría profusamente en extensión y profundidad la psique humana y su cultura desde la perspectiva de este nuevo paradigma. Mantendría una permanente interacción entre la investigación clínica y la teórica, reformulando la segunda en virtud de la primera, fiel al método científico. Ciertos temas se hicieron emblemáticos.
A raíz de los estudios de casos de histeria apareció el tema de la sexualidad. Se hacía presente como componente de experiencias traumáticas reprimidas de pacientes histéricas, como pulsión determinante en la energía mental y sustento del placer que se busca en la satisfacción, como elemento clave del desarrollo de la personalidad y protagonista de sus fases de desarrollo desde los primeros años de vida, entre ellas del famoso complejo de Edipo, matriz organizadora de la mente y que nunca parece dejar de influir en nuestras vidas. El concepto de sexualidad infantil fue chocante para la sociedad europea. Hasta ahora la opinión desinformada o prejuiciosa confunde teoría psicoanalítica con pansexualismo. Un aspecto de la identidad es la sexualidad pero hay otros aún más preocupantes en la patología. Uno de ellos es la agresión. Bien haría esta opinión prejuiciada en preocuparse de la agresión voluptuosa que se exhibe sin problema alguno y con pleno deleite en nuestros medios de comunicación y en nuestras calles. Esta pulsión, tan biológica como la sexualidad, impregna nuestro desarrollo mental y con ello nuestra cultura. Cuando, desde temprano, contamina con todas sus armas el incipiente aparato mental, lo fractura o, a lo menos, lo debilita, dejándonos frágiles frente a las exigencias de la realidad y expuestos a las presiones biológicas y a la enfermedad. La agresión juega un papel decisivo en la dinámica psicológica de patologías como la melancolía, en las perversiones y en el narcisismo. En general se deja ver en la conocida por todos compulsión a la repetición, insólita tendencia universal que tienen ciertas historias de nuestro pasado a repetirse en el presente aunque nos lleven al dolor y a la destrucción. Freud se preocupó tarde del tema de la agresión. Sus seguidores lo han investigado extensamente.
Otro concepto emblemático de la teoría psicoanalítica es la transferencia. Este factor es central en la técnica psicoanalítica. Es propiamente el campo en el que trabajan psicoanalista y paciente. Es una experiencia de éste último, básicamente inconciente, en la que éste revive, en las circunstancias especiales en que se desenvuelve el psicoanálisis, ciertas relaciones emocionales infantiles. Muchos vínculos humanos están siempre impregnados de esta condición, sobre todo aquellos con un fuerte compromiso emocional y vital. En la vida de las personas uno puede encontrar una verdadera compulsión a repetir antiguos modos de relaciones. Como es de imaginarse si algo dañino del pasado infiltra, sin que nos demos cuenta, nuestras relaciones reales actuales, puede llevarnos a una seria confusión y pérdida. Cuando esto ocurre en el tratamiento, lo interfiere (resistencia). El analista, como actitud clave, se dedica a intuir e investigar en la transferencia que el paciente trata de actuar en la sesión para así, en el momento adecuado, mostrársela (interpretación). La comprensión de este hecho generará un cambio en la resistencia del paciente, y en general en sus procesos psíquicos, permitiéndole poder pensar en forma más productiva, verdadera y real.
Desde muy temprano Freud se percató del papel esencial de la personalidad del médico en este tratamiento, como lo sabe, o como debería saberlo, todo médico. La entrega en libre asociación por un tiempo prolongado y frecuente (tres, cuatro o cinco veces por semana) de la intimidad de una persona implica para el analista una responsabilidad enorme, no sólo técnica sino que también ética. Hasta hoy los analistas deben someterse no sólo a una larga formación teórica y a la supervisión de sus pares sino que a un prolongado psicoanálisis personal realizado por un analista experto. Todo esto permitirá al analista escuchar a su paciente evitando el prejuicio o la racionalización apresurada, la tentación de adoctrinarlo o seducirlo, el peligro de maltratarlo o explotarlo.
A lo largo del siglo las ideas psicoanalíticas freudianas fueron llamando poderosamente la atención. Médicos y personas de intereses humanistas y psicológicos se acercaron a Freud, se fueron formando grupos de estudio los que con el tiempo fueron generando asociaciones psicoanalíticas en diferentes países de Europa y de América. Freud se fue transformando en una figura intelectual mundial y sus escritos en fuente de estudio, polémica y enorme atractivo. Los artistas de la época, florecientes y radicalmente transgresores de la cultura occidental (p.e. surrealismo), veían en el psicoanálisis un espacio de comprensión y estímulo, aparte de un compañero de ruta en la revolución moral. Freud, caballero vienés decimonónico, médico y científico, nunca tuvo amistad con ellos. Su vida familiar burguesa sólo pudo ser alterada por la invasión hitleriana que lo obligó a emigrar a Londres donde moriría luego de un largo cáncer bucal. Su gran porfía, que lo llevó a persitir en una investigación que cambiaría ciertas perspectivas de la cultura humana, también lo llevó a conflictos de poder con colegas con los que tuvo quiebres definitivos (Jung) y a no abandonar nunca su cigarro, compañero de trabajo de toda la vida. Viejo estoico, valiente y honesto hasta sus últimos días Sigmund Freud murió el 23 de septiembre de 1939 .